Detenciones de padres inmigrantes disparan una crisis de salud mental en los niños

Available in English
A man with dark hair and glasses sits on a bed with a blue blanket as he looks at the camera
Damian Zermeño en el dormitorio que solía compartir con su padre. Damian es uno de los cientos de miles de niños —la mayoría ciudadanos estadounidenses— que, según se estima, han sido separados de uno de sus padres debido a las medidas de control migratorio de la administración Trump. (Karla Gachet for KFF Health News)

LOS ÁNGELES, California — Damian Zermeño, de 15 años, supo que algo mandaba mal en cuanto llegó a casa después de la escuela.

Su tía estaba sentada en la mesa del comedor, llorando desconsoladamente. Su padre, quien esa misma mañana lo había acompañado a la parada del micro y le había prometido llevarlo a cenar, no estaba allí.

Saúl Zermeño, un padre soltero de 45 años, había ido esa mañana a una cita rutinaria de control en una oficina del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), un requisito que había cumplido durante años. Según su abogado, contaba con una medida de acción diferida que le permitía vivir y trabajar en Estados Unidos.

Pero aquel 3 de octubre, los agentes lo deportaron a México, un país donde no vivía desde los 9 años.

Saúl había sido el único cuidador de Damian desde que era un bebé, ya que su madre decidió no participar en su crianza, según contó la familia.

De repente, Damian, ciudadano estadounidense por nacimiento, quedó separado de su padre por miles de kilómetros y una frontera fuertemente vigilada. El estudiante de décimo grado, habitualmente alegre, que no tiene licencia de conducir y está acostumbrado a que su padre se encargue de la mayoría de las tareas cotidianas, tuvo que enfrentar solo su adolescencia. La presencia de su padre quedó reducida a una imagen en la pantalla de su teléfono.

“Pensé que no era verdad”, dijo Damian. “Me fui a mi cuarto. No quería salir. Ni siquiera quería comer”.

Damian es uno de los cientos de miles de niños —la mayoría ciudadanos estadounidenses— que han sido separados de uno o ambos padres debido a las políticas de deportación implementadas por la administración Trump. Sus madres y padres han sido deportados o permanecen detenidos durante meses en centros de inmigración, muchas veces a cientos de millas de sus familias.

Estos niños son separados, a veces de forma abrupta y traumática, de los adultos de quienes dependen. Algunos padres han sido arrestados mientras dejaban a sus hijos en la escuela, dentro de sus hogares o durante citas de control migratorio, incluso en presencia de sus hijos. La mayoría de las personas detenidas no tienen antecedentes penales; estar en el país sin autorización suele constituir una infracción civil.

Padres, terapeutas y profesionales que trabajan con comunidades inmigrantes afirman haber observado ya retrasos en el desarrollo del lenguaje en niños pequeños, estudiantes de primaria que expresan pensamientos suicidas y adolescentes tan ansiosos que temen salir de sus casas.

Two men sit at a table in front of a birthday cake as they smile for a portrait
Damian Zermeño en un cumpleaños, unos meses antes de que su padre, Saúl Zermeño (der.), fuera deportado a México. Damian es uno de los cientos de miles de niños —según estimaciones— separado de un padre debido a las políticas de deportación de la administración Trump. Como consecuencia, muchos de estos niños sufren problemas de salud mental y emocional. (Claudia Zermeño)

Numerosos estudios han demostrado que la separación de un niño de sus padres perjudica su salud y su desarrollo. La pérdida de un cuidador principal genera una respuesta de estrés tóxico que afecta tanto al cerebro como al cuerpo, aumentando el riesgo de sufrir depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, debilitamiento del sistema inmune y retrasos en el desarrollo.

“Se puede ver en sus rostros; es como si la luz de sus ojos se hubiera apagado”, dijo la reverenda Tanya López, pastora de la Iglesia Cristiana Memorial de Downey, quien visita regularmente a familias inmigrantes como parte de una red de apoyo integrada por líderes religiosos del área de Los Ángeles.

Los riesgos para la salud de esta respuesta al estrés pueden ser de largo plazo. Las personas que experimentan separación parental y otros eventos traumáticos durante la infancia tienen mayores probabilidades de desarrollar enfermedades cardíacas, diabetes, cáncer y otras afecciones crónicas en la edad adulta.

Con sus padres ausentes, las vidas de estos menores quedan sumidas en el miedo, la incertidumbre y la inestabilidad. Como consecuencia, una generación de niños de familias inmigrantes está desarrollando problemas de salud mental que podrían afectarlos durante años.

En una declaración, el Departamento de Seguridad Nacional afirmó que el ICE no separa familias y que los padres tienen la opción de ser deportados junto con sus hijos o designar a una persona de confianza para que los cuide en Estados Unidos.

Sin embargo, un informe elaborado por la Women’s Refugee Commission y Physicians for Human Rights concluyó que a muchos padres no se les ofrece esa opción. Además, documentó que el ICE con frecuencia no pregunta a las personas detenidas si tienen hijos ni verifica que los menores estén seguros.

Saúl Zermeño aseguró que, cuando fue deportado, los agentes nunca le preguntaron por su hijo ni verificaron el bienestar de Damian.

Durante días después de la deportación de su padre, Damian no quiso salir de su habitación, comer ni asistir a la escuela. Dejó de hablar con sus amigos y abandonó su videojuego favorito, Fears to Fathom. Cuando regresó a clases una semana después, lloraba durante las lecciones o salía del salón abrumado por la tristeza. Incluso dejó de interesarle Inglés, su curso favorito.

Damian y su padre eran inseparables. Sus familiares bromeaban diciendo que nunca veían a uno sin el otro. Zermeño llevaba a Damian —quien padece trastorno por déficit de atención e hiperactividad, autismo y otras afecciones de salud— a sus citas médicas. Le cocinaba y le peinaba. Le encantaba llevar a Damian a su restaurante tailandés favorito o a comprar té de burbujas después de la escuela.

Aunque ambos bromeaban y se gastaban bromas mutuamente, Zermeño también le enseñaba a Damian la importancia del trabajo llevándolo a obras de construcción y a buscar materiales a Home Depot.

Antes, Damian se molestaba cuando su padre le daba charlas sobre responsabilidad. Ahora, dice, son algunas de las cosas que más extraña.

“Le agradezco todos los días por haberme enseñado a ser fuerte antes de irse”, dijo.

El trauma de la separación

En otra zona de Los Ángeles, Jacob, un niño tímido de 9 años, de cabello corto y rizado, extremidades delgadas y expresión seria, extraña profundamente a su madre.

Una mañana de sábado de mayo, caminaba aferrado a la mano de su padre entre personas sin hogar, vendedores ambulantes y el olor a orina que impregna las calles alrededor del edificio donde viven en un pequeño apartamento. Jacob esperaba que su madre fuera liberada pronto de un centro de detención migratoria para poder volver a abrazarla.

“Si mi mamá estuviera aquí, yo sería feliz”, dijo. “Ahora mismo no lo soy”.

A man holds a smartphone with an image of a video chat with another man
Damian habla con su padre por videollamada. Saúl, padre soltero, fue deportado a México en octubre luego de haber vivido 36 años en Estados Unidos. Ahora, la única forma en que ambos pueden verse es a través de una pantalla. (Karla Gachet for KFF Health News)

En muchos aspectos, Jacob es un típico niño de 9 años. Le gusta jugar Roblox y Street Fighter. Sueña con convertirse en policía y tener un perro guardián.

“Porque puedes entrenarlos y te protegen”, explicó.

Pero incluso antes de ser separado de su madre, ya había vivido experiencias traumáticas.

Según Andreis, su padre, la familia huyó de Colombia en 2024 después de recibir amenazas de muerte por parte de un grupo paramilitar. Durante su viaje hacia Estados Unidos, Jacob vio cadáveres mientras atravesaba la selva, fue secuestrado junto con sus padres y asaltado a punta de pistola, presenció una violación y tuvo que vender dulces y pedir dinero para sobrevivir.

Por razones de seguridad y debido a que la familia teme afectar sus solicitudes de asilo, KFF Health News no utiliza sus nombres reales.

Al llegar a Los Ángeles, Jacob sufría pesadillas y un miedo intenso a quedarse solo. Su padre contó que comenzó a recuperarse cuando empezó a ir a la escuela y recibió apoyo psicológico a través del distrito escolar.

Por un breve tiempo, la familia sintió que había encontrado tranquilidad.

Entonces, agentes de inmigración detuvieron a la madre de Jacob durante una cita de control migratorio mientras él y su padre esperaban en la sala.

La mujer tiene una solicitud de asilo pendiente y no tiene antecedentes penales, afirmó Andreis.

El padre recordó que él y su hijo se derrumbaron cuando los agentes les informaron de la detención y les entregaron una bolsa con la cartera y el celular de su esposa.

Regresaron a casa sin ella, dejando a Jacob inconsolable.

“Estaba aterrado”, recordó Andreis, conteniendo las lágrimas mientras describía ese momento. “Lloraba de rabia”.

Después de la detención, Jacob no quería comer ni ir a la escuela. Cuando su padre insistió en que fuera, la maestra llamó a casa para preguntar por qué lloraba en clase.

No podía dormir. Tenía cambios de comportamiento. Y culpaba a su padre.

“¿Cuándo va a volver mi mamá?”, le preguntaba a su papá. “¿Por qué se la llevaron? Extraño a mi mamá”.

Mientras tanto, Andreis atravesaba su propia crisis emocional.

Intentaba consolar a su hijo mientras lidiaba con la angustia, la incertidumbre y la desesperación por la situación de su esposa. Dejó de trabajar durante dos semanas para cuidar a Jacob, pero eso generó nuevas dificultades económicas. A veces ni siquiera podía depositar dinero en la cuenta de la comisaría del centro de detención para que su esposa pudiera comprar alimentos o hacer llamadas telefónicas.

Para Jacob, esas llamadas eran todo.

El niño enumeró las cosas que más extrañaba de su madre: su comida —arroz con carne y arepas con huevo—, las visitas al parque, los cortes de cabello, las comidas de McDonald’s los fines de semana y los servicios religiosos a los que iban juntos.

Pero, sobre todo, extrañaba su cercanía.

“Me recostaba con ella y veía videos”, contó. “Mi mamá me abrazaba y yo la abrazaba”.

A veces se rociaba con su perfume para poder sentir su olor.

Luego de casi cinco meses detenida en el Centro de Procesamiento del ICE de Adelanto, la madre de Jacob fue liberada en mayo gracias a una petición de habeas corpus.

Sin embargo, la familia continúa viviendo con miedo a una nueva detención o deportación.

Andreis teme que él también pueda ser detenido y se pregunta qué ocurriría entonces con su hijo. Actualmente está apelando una orden de deportación que afecta a ambos.

Un análisis reciente publicado por Brookings Institution estima que más de 200.000 niños —incluidos aproximadamente 145.000 ciudadanos estadounidenses— han tenido al menos a uno de sus padres detenido desde el regreso del presidente Donald Trump a la Casa Blanca.

Alrededor de un tercio de esos menores tiene menos de 6 años.

Y se prevé que esa cifra aumente a medida que el gobierno federal incrementa significativamente los recursos destinados a la aplicación de las leyes migratorias.

Según el informe, más de 4.6 millones de niños ciudadanos estadounidenses viven actualmente con al menos un padre en riesgo de deportación.

A man and woman embrace as they stand in front of a window and pose for a portrait
Damian abraza a su tía Claudia Zermeño, quien asumió su tutela legal después de que su padre fuera deportado a México. Ella cuida de él, de sus dos hijos y de su madre. (Karla Gachet for KFF Health News)
Two women stand in front of a sink and a window as they prepare food in a kitchen
Las tías de Damian preparan el almuerzo en la casa que el joven de 15 años compartía con su padre. (Karla Gachet for KFF Health News)
A man and woman stand in front of a sink and an open window as they prepare food in a kitchen
Desde que su hermano fue deportado, las dos mujeres han asumido el cuidado de Damian, quien padece numerosos problemas de salud. (Karla Gachet for KFF Health News)

Familias quebradas

Noemí, una solicitante de asilo guatemalteca, aún recuerda el momento en que su familia cambió para siempre.

Estaba en el estacionamiento de una oficina del ICE al norte de Los Ángeles. Sus tres hijos lloraban y se aferraban a ella. Pedazos de vidrio del automóvil familiar estaban esparcidos sobre el suelo.

Momentos antes, agentes migratorios habían roto una ventana del vehículo y sacado por la fuerza a su pareja, quien esperaba afuera mientras ella y los niños asistían a una cita de control migratorio.

Mientras permanecían dentro del edificio, los agentes intentaron separar a Noemí de sus hijos, de 9, 7 y 1 año. Finalmente desistieron cuando los niños comenzaron a gritar desesperadamente, contó la madre.

Su pareja, un ciudadano mexicano que había vivido casi dos décadas en Estados Unidos, fue trasladado al centro de detención de Adelanto.

“Fue algo trágico, algo imposible de explicar”, dijo Noemí, quien pidió que no se revelara su apellido por temor a represalias. “Es algo que te marca para toda la vida. Mi familia quedó destruida”.

Situado en el desierto de Mojave, el Centro de Procesamiento de ICE en Adelanto —de gestión privada— es el centro de detención de inmigrantes más cercano a Los Ángeles y uno de los más grandes de Estados Unidos. Para el mes de abril, albergaba un promedio diario de más de 1.700 personas, mientras que una instalación contigua, denominada Desert View Annex, alojaba a otras 426.

Desde la detención de su pareja en diciembre, sus hijos no han vuelto a ser los mismos.

Su hija de 7 años, que antes era alegre y sonriente, cayó en una profunda tristeza y dejó de comer. Sus excelentes calificaciones comenzaron a deteriorarse y llegó a olvidar letras y números tanto en inglés como en español.

Ella y su hermano de 9 años tenían dificultades para dormir y preguntaban constantemente por su padre.

“¿Por qué nos está pasando esto?”, le preguntaban a su madre. “Somos buenos. Estamos estudiando”.

La hija menor de Noemí, que ya caminaba sola, volvió a gatear durante tres meses después de la detención de su padre.

Mientras dormía, la pequeña lloraba llamándolo:

“¡Papá! ¡Papá!”

Sofía Mendoza, terapeuta que trabaja con familias inmigrantes en una clínica comunitaria del condado de Los Ángeles, explicó que muchos niños separados de sus padres experimentan una forma particular de duelo.

Les cuesta comprender la ausencia porque sus padres siguen vivos, pero ya no están con ellos.

Esa experiencia puede afectar el vínculo entre padres e hijos y dificultar que los menores desarrollen relaciones de confianza en el futuro, señaló.

Muchos niños también desarrollan altos niveles de ansiedad, ira y miedo.

Los más pequeños suelen presentar dolores de estómago, ansiedad por separación y retrocesos en su desarrollo, como volver a mojar la cama.

Los mayores pueden sufrir ataques de pánico, pesadillas y problemas de concentración.

Además, la pérdida de un cuidador principal está asociada con un mayor riesgo de suicidio y consumo de sustancias en la niñez y adolescencia.

Norma Gómez, coordinadora del Proyecto Comunitario de Organización Indígena Mixteca en Oxnard, dijo que, después de las redadas migratorias que sacudieron su comunidad el verano pasado, su hija de 9 años no quiso ir a la escuela por una semana.

Aunque sus padres son residentes legales permanentes de Estados Unidos, la niña tenía miedo de separarse de ellos.

Había visto a otros niños llorando porque familiares habían sido detenidos.

Para tranquilizarla, Gómez le mostró los documentos que acreditan la residencia legal de la familia.

La niña pidió hacer copias para repartirlas entre sus compañeros de clase, convencida de que también podrían protegerlos.

“Es hora de ser adulto”

De regreso en el este de Los Ángeles, Damian vive ahora con una de sus tías y sigue luchando por adaptarse a la ausencia de su padre.

Dice que sus calificaciones han bajado porque le cuesta concentrarse. Ya no disfruta actividades que antes compartía con su papá, como salir a comer. “La diversión se acabó”, dijo. “Ahora es momento de ser adulto”.

La ausencia de Saúl lo ha obligado a madurar rápidamente.

Antes, su padre hacía prácticamente todo por él. Ahora lava su propia ropa, ayuda en las tareas domésticas y se arregla el cabello solo.

También intenta cuidar emocionalmente a sus tías, profundamente afectadas por la deportación de su hermano.

Las abraza con frecuencia y hace bromas para animarlas.

No quiere preocuparlas aún más mostrando su propia tristeza.

Damian recibe terapia dentro y fuera de la escuela. Ha aprendido ejercicios de respiración que le ayudan a manejar la ansiedad, pero admite que sigue sintiéndose triste y preocupado gran parte del tiempo.

A veces también siente rabia.

“Intento concentrarme y seguir adelante”, dijo. “Pero con todo lo que está pasando, no puedo seguir fingiendo que todo es normal cuando tengo el corazón roto”.

Desde Guadalajara, donde vive actualmente, Saúl Zermeño teme por la salud de su hijo.

Damian padece neurofibromatosis tipo 1, una enfermedad genética que provoca el crecimiento de tumores en los nervios. También sufre epilepsia y nació con un solo riñón.

Saúl teme que, sin él presente, su hijo no reciba la atención médica que necesita.

Aunque Claudia Zermeño, su tía y tutora legal, hace todo lo posible por cuidarlo, también tiene dos hijos propios y atiende a su madre, quien padece secuelas neurológicas de un derrame cerebral.

Damian habla con su padre siempre que puede.

Sueña con visitarlo en México, pero aún no tiene pasaporte y, al ser menor de 16 años, enfrenta requisitos adicionales para obtenerlo sin la presencia de su padre.

Saúl trabaja con un abogado para intentar regresar legalmente a Estados Unidos, aunque reconoce que el proceso es complejo e incierto.

Mientras tanto, Damian se aferra a la esperanza.

Este mes cumplirá 16 años y planea obtener su licencia de conducir.

También ha renunciado a su sueño de asistir a la universidad. Ahora quiere trabajar apenas termine la escuela secundaria para ayudar económicamente a sus tías y enviar dinero a su padre.

Todavía llora.

Pero solo cuando está solo en su habitación.

A person holds a smartphone as they sit on a bed
Damian habla con su padre por videollamada. (Karla Gachet para KFF Health News) (Karla Gachet for KFF Health News)

Temas relacionados

Mental HealthNoticias En EspañolChildren's HealthImmigrantsLatinosTrump AdministrationCalifornia

Más para KFF Health News